"El viernes 2 de mayo empezó como cualquier otro día con mi adorable hijo de dos meses. Sonreía, jugaba, comía bien; en resumen, estaba como siempre, feliz. Esa noche seguimos nuestra rutina habitual antes de acostarlo: pijama, Dream Sock de Owlet puesta, bien arropado y biberón antes de dormir. No terminó el biberón, algo un poco inusual, pero nada alarmante. Se quedó dormido tranquilamente y todo parecía estar bien.
Después, alrededor de la 1 de la madrugada, me desperté sobresaltada por un sonido que nunca había oído antes: la notificación roja. Corrí a mirar el teléfono para comprobar la notificación: su frecuencia cardíaca era de 210 latidos por minuto y seguía aumentando. Cuando lo cogí en brazos, sentí el calor que desprendía su pequeño cuerpo. Le quité el pijama y el arrullo, le tomé la temperatura y vi que tenía 39 °C.
Llamamos al número de urgencias de su pediatra, que nos aconsejó darle Doliprane. Después, volvió a dormirse. Pero menos de dos horas más tarde, la notificación roja volvió a activarse: su frecuencia cardíaca volvía a estar elevada. Fue entonces cuando mi marido y yo decidimos que era hora de ir a urgencias.
En el servicio de urgencias de nuestra zona lo examinaron y le hicieron varias pruebas. Todos los resultados fueron negativos. Nos dijeron que probablemente se trataba de un virus y que había que dejar que la enfermedad siguiera su curso. Volvimos a casa con la indicación de seguir dándole Doliprane. El sábado transcurrió bastante bien. No estaba del todo como siempre, pero la fiebre parecía estar bajando. Aun así, algo no parecía ir bien.
Esa noche, alrededor de la 1:30 de la madrugada, la alerta roja volvió a activarse, pero esta vez su frecuencia cardíaca era de 238 lpm. Le había aparecido una erupción de color rojo intenso por todo el cuerpo y la fiebre había vuelto a pesar del Doliprane. Nunca había visto nada parecido. Mi marido llamó a urgencias y, en cuestión de minutos, los sanitarios estaban en nuestra puerta.
Nos trasladaron a otro servicio de urgencias fuera de nuestra zona. Allí repitieron las pruebas, pero una vez más no obtuvimos ninguna respuesta clara. Nuestro bebé sufría, lloraba sin parar, no comía, ardía de fiebre y tenía el cuerpo cubierto de erupciones. Finalmente, el médico de urgencias decidió ingresarlo en la unidad pediátrica. Estábamos agradecidos, pero asustados. No teníamos ni idea de lo que nos esperaba.
Durante los dos días siguientes, le hicieron más análisis de sangre y más pruebas, pero todos los resultados fueron negativos. Nos sentíamos impotentes, viendo sufrir a nuestro pequeño bebé de 5,5 kg mientras su fiebre alcanzaba los 40,5 °C. Finalmente, intervino el equipo de enfermedades infecciosas.
Mientras tanto, había compartido nuestra situación con familiares y amigos en Facebook. La publicación se compartió una y otra vez, y varias personas se pusieron en contacto con nosotros para sugerir que quizá se tratara de la enfermedad de Kawasaki, una enfermedad de la que nunca habíamos oído hablar. Pero después de investigar por nuestra cuenta, nos quedamos sorprendidos. Nuestro hijo presentaba todos los síntomas.
Se lo comentamos a su equipo médico, pero al principio nos dijeron que era poco probable en un bebé tan pequeño. Afortunadamente, el equipo especializado en enfermedades infecciosas no estaba de acuerdo. El quinto día de nuestra estancia en el hospital, decidieron tratarlo contra la enfermedad de Kawasaki con IVIG (inmunoglobulina intravenosa).
Y entonces ocurrió algo increíble.
En menos de 12 horas, nuestro bebé empezó a mejorar. Abrió los ojos y permaneció despierto durante más tiempo. Nos dedicó unas pequeñas sonrisas cansadas. Las rojeces desaparecieron. La fiebre bajó. Sentíamos que por fin estábamos recuperando a nuestro bebé.
Al séptimo día, pudimos salir del hospital y llevar a nuestro bebé a casa. Me sentía completamente desbordada por las emociones: agradecida, aterrorizada y aliviada. Volver a casa daba miedo después de todo lo que acabábamos de vivir. Pero saber que teníamos nuestra Dream Sock nos aportó cierto consuelo y una renovada sensación de seguridad.
Sin esa primera notificación, nunca habríamos sospechado que algo iba realmente mal. Habríamos dejado pasar el período crítico para tratar la enfermedad de Kawasaki, y las consecuencias podrían haber sido devastadoras.
Desde lo más profundo de mi corazón, gracias, Owlet.
Gracias por darnos esa primera advertencia.
Gracias por vigilar a nuestro bebé cuando nosotros no podíamos hacerlo.
Gracias por darnos tranquilidad en el momento más aterrador de nuestra vida.
Con infinita gratitud,
Una mamá eternamente agradecida."
- Madison N.
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Como recordatorio, Dream Sock® está diseñada para realizar un seguimiento de la frecuencia cardíaca y del nivel de oxígeno de tu bebé y mantener informados a los padres, pero no está destinada a diagnosticar, tratar ni curar ninguna enfermedad u otra afección, incluidos, entre otros, el síndrome de muerte súbita del lactante (SMSL) y/o el virus respiratorio sincitial (VRS).